Digitoanálisis

Las huellas dactilares conducen al profesor Olóriz

Hay cuatro partes del cuerpo que no se repiten en ningún otro ser humano: el ADN, el iris, la oreja y la huella dactilar.

¿Pero cómo se distingue una huella dactilar entre miles? El sistema de identificación dactilar lo introdujo en España el granadino Federico Olóriz Aguilera en 1909, que residió la mayor parte de su vida entre las céntricas calles madrileñas de Amor de Dios y Atocha. La Policía científica ha mantenido intactos sus criterios de identificación durante décadas.

A este reconocido catedrático de Anatomía Patológica e impulsor de la Antropología se le considera uno de los principales científicos de la época. Su colección de más de 2.200 cráneos, su trabajo sobre la medida del índice cefálico o su arduo estudio sobre la talla humana lo evidencian. Una vida apasionada por medir y caracterizada por la meticulosidad, el rigor y la organización del tiempo.

La huella dactilar es el dibujo capilar de los dedos de la mano. Está formado por crestas capilares, que son las zonas de alto relieve de la piel. Tienen una función adherente, sirven para agarrar y para que los objetos no se resbalen, y desde principios del siglo XX una utilidad identificativa porque su dibujo es único en cada persona y en cada uno de los dedos.

Olóriz (1855-1912) obtuvo en 1883 la cátedra de Anatomía en la Universidad Central de Madrid y se instaló con su familia en la calle del Amor de Dios, 13-15 (ahora 13-13), para luego residir finalmente en la calle Atocha, 96. Su vida y legado científico se están dando a conocer en los actos de conmemoración del centenario de su muerte, organizado por la Universidad de Granada a instancias del Instituto de Neurociencias Federico Olóriz. Uno de ellos se celebró en El Ateneo de Madrid, al que acudía frecuentemente.

“Como antropólogo y antropómetra, Olóriz iba a las cárceles madrileñas para medir a los presos. Allí nace su interés por la identificación. Pronto se le encomienda el Laboratorio de Antropometría de la cárcel Modelo, donde aplicaba el método Bertillon para fichar a los delincuentes y que se basaba solo en la fisonomía del malhechor y unas medidas físicas. Cuando fue nombrado jefe del Servicio de Identificación judicial busca un sistema mejor y se afana en las huellas dactilares”, explica Miguel Guirao Piñeyro, presidente de la Comisión del Año Olóriz y profesor titular de Anatomía y Embriología de la Facultad de Medicina de Granada.

Impulsor de esta iniciativa, forma parte de la tercera generación de la familia de anatomistas que ha promovido la divulgación de Olóriz.

El antropólogo granadino había estudiado 3.000 dactilogramas cuando descubrió que el investigador argentino Juan Vucetich ya había desarrollado un método. Lo examinó, analizó otras 100.000 huellas dactilares con este método y lo redefinió de forma más sencilla. Estableció así el llamado Sistema de Identificación Dactiloscópico español, o sistema Vucetich-Olóriz, que se basa en la forma, el número y la disposición de un dibujo en la huella dactilar. Aunque el método Olóriz ya no se utiliza, se sigue enseñando en las escuelas porque es la mejor forma de aprender el dibujo capilar.

“Con el sistema de clasificación de Olóriz se ha trabajado en España desde 1911 a 1982, cuando se introduce el Sistema Automático de Identificación Dactiloscópico (SAID), un sistema complejo, matemático e informatizado que no identifica sino que automatiza la introducción de imágenes en el sistema [las huellas] y la oferta de candidatos”, señala Fernando Corrales, inspector jefe y profesor de la Policía científica de la Escuela Nacional de Policía de Ávila.

El siguiente paso para reconocer la huella digital es la identificación dactilar. Corrales explica: “El especialista de la Policía científica comprueba candidato a candidato si hay identidad; es decir, si la huella corresponde a esa persona, y compara el dibujo de sus huellas con el que ya tiene el sistema. Para realizar esta labor, se basa en los puntos característicos, formas específicas que aparecen en las crestas del dibujo capilar, como pueden ser bifurcaciones. Y también los definió Olóriz”.

Este anatomista gozó de gran prestigio como docente y científico. Entre sus alumnos se encontraban Gregorio Marañón, Teófilo Hernando y José Sánchez Covisa. Entre sus amigos íntimos, José Ribera, impulsor de la cirugía ortopédica, y Ramón y Cajal, Nobel de Medicina, al que conoció en la oposición de una cátedra en Madrid.

Publicó el Manual de Técnica Anatómica, una gran aportación sobre la disección. Colaboró en la segunda edición de El Nuevo Compendio de Anatomía Descriptiva, de Julián Calleja. Obtuvo el premio Pedro María Rubio de la Real Academia Nacional de Medicina, entidad en la que ingresó en 1896 con el discurso La talla humana en España, en el que concluyó que la altura media de los españoles era de 1,64 centímetros. Él era muy bien parecido, pero estaba por debajo de la media (1,60).

“Creó el Laboratorio de Antropología de la Facultad de Medicina en 1885. Allí reunió una de las mejores colecciones de cráneos de Europa tanto por el número, 2.250, como por la calidad de la información recopilada. Recogía los datos en una ficha antropológica y señalaba los cráneos con tinta. Gracias a eso, hoy se mantienen datos fundamentales como el sexo, la edad o el lugar de procedencia”, apunta Enrique Dorado, especialista del Laboratorio de Antropología Forense del Instituto Anatómico Forense, de Madrid.

Fuente: El País

18/03/2015